Resumen
La parábola del Buen Samaritano en Lucas 10:25–37 ha sido invocada con frecuencia en debates políticos contemporáneos, particularmente en discusiones relacionadas con la inmigración y las políticas fronterizas. Algunos han sugerido que si Jesús hablara hoy, sustituiría al samaritano por un inmigrante indocumentado moderno para reproducir el impacto original de la parábola. Aunque tales analogías pueden intentar enfatizar la compasión, corren el riesgo de distorsionar el contexto histórico del texto y de simplificar las dinámicas pactales y teológicas que en él están presentes. Escribiendo como teólogo cristiano latino que inmigró a los Estados Unidos a los cuatro años de edad y que ha ministrado durante casi dos décadas en comunidades diversas, este artículo sostiene que la interpretación responsable requiere fidelidad contextual, conciencia histórica y moderación teológica. El samaritano no era un extranjero genérico, sino un participante dentro de una disputa religiosa profundamente arraigada en el marco intraisraelita. Reconfigurar la parábola en categorías políticas modernas sin el debido matiz conlleva el riesgo tanto de error exegético como de confusión teológica.
Introducción
El Buen Samaritano permanece como una de las enseñanzas más universalmente reconocidas de Jesús. Su fuerza ética es innegable. Sin embargo, precisamente su familiaridad la ha hecho susceptible de apropiaciones en debates ideológicos contemporáneos. En el discurso reciente, se ha sugerido que el samaritano representa a una figura socialmente marginada o políticamente controversial, análoga a las controversias modernas sobre inmigración. La implicación es que el objetivo principal de Jesús era derribar fronteras nacionales o legales en favor de una obligación humanitaria sin restricciones.
Tales lecturas requieren un análisis cuidadoso. El impulso moral de la parábola no debe separarse de su contexto histórico y pactal. Como teólogo cristiano latino que llegó a este país a los cuatro años y que hoy agradece profundamente ser ciudadano de los Estados Unidos, escribo no desde la abstracción sino desde la experiencia vivida. Estoy profundamente agradecido por las oportunidades que esta nación ha brindado a mi familia. Me afirmo firmemente sobre los fundamentos histórico-judeocristianos que moldearon el marco moral y constitucional de este país. Mi preocupación no es la defensa política, sino la fidelidad bíblica.
Habla también alguien que ha servido casi veinte años en el ministerio pastoral, en contextos como el Este de Los Ángeles, California, y en Florida, donde he caminado junto a familias inmigrantes y he sido testigo directo de las dificultades que enfrentan tanto personas documentadas como indocumentadas. Comprendo la dimensión humana de estas conversaciones. Sin embargo, precisamente porque la comprendo, resisto la tentación de permitir que reacciones emocionales moldeadas por narrativas mediáticas sustituyan la exégesis cuidadosa. La Escritura debe interpretar nuestra compasión; la compasión no debe reinterpretar la Escritura.
Contexto Histórico e Identidad Samaritana
La división entre judíos y samaritanos en el primer siglo no era primordialmente una cuestión de estatus migratorio o control fronterizo. Sus orígenes se remontan a la conquista asiria del Reino del Norte en el año 722 a.C., seguida por el mestizaje y el sincretismo religioso entre quienes permanecieron en la tierra. La comunidad resultante mantuvo reclamos sobre la herencia pactal de Israel mientras establecía su culto en el Monte Gerizim en lugar de Jerusalén.
Para el tiempo de Jesús, las tensiones entre judíos y samaritanos reflejaban disputas teológicas acerca de la legitimidad del templo, la continuidad del pacto y la identidad comunitaria. El Evangelio de Juan reconoce este distanciamiento al señalar que judíos y samaritanos no se trataban entre sí. Sin embargo, esta tensión se desarrollaba dentro de un marco ancestral compartido. Ambas comunidades trazaban su linaje a los patriarcas de Israel.
Equiparar esta dinámica con controversias modernas sobre inmigración resulta históricamente impreciso. La Judea del primer siglo funcionaba bajo las estructuras del control imperial romano. Los conceptos de ciudadanía, soberanía estatal y control fronterizo operaban de manera distinta dentro de ese marco imperial. El samaritano no era un invasor extranjero ni representante de una amenaza geopolítica, sino un rival religioso dentro de la historia pactal más amplia de Israel.
Propósito Literario y Teológico de la Parábola
La parábola surge de un diálogo acerca de los mayores mandamientos y la definición del prójimo. Cuando se pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”, Jesús reformula la cuestión. En lugar de delimitar categorías de inclusión y exclusión, narra un escenario que expone la complacencia moral. Un sacerdote y un levita pasan de largo ante un hombre herido. Un samaritano actúa con compasión.
El impacto de la narrativa no reside en controversia política alguna, sino en una inversión moral. Aquellos que se asumía encarnaban la fidelidad al pacto fallan en practicar misericordia, mientras que la figura inesperada cumple el mandamiento del amor. Esta dinámica refleja la tradición profética dentro de Israel, donde la crítica interna servía para la renovación del pacto. Jesús se encuentra en continuidad con esa tradición de corrección intra-comunitaria.
La parábola no constituye una condena de la identidad judía. Jesús era judío. Su audiencia era judía. Sus discípulos eran judíos. La iglesia primitiva surgió completamente del suelo judío. Más adelante, Pablo afirma que Dios no ha desechado a su pueblo y advierte a los creyentes gentiles contra la arrogancia. Una teología responsable debe guardarse de interpretaciones que reduzcan la historia pactal de Israel a caricaturas morales.
El Problema de la Sustitución Moderna
Cuando los intérpretes reemplazan al samaritano por una categoría política contemporánea, suelen producirse dos distorsiones. Primero, se pierde la especificidad histórica de la tensión judeo-samaritana. Segundo, la parábola se transforma de una invitación a la autoevaluación pactal en una herramienta de argumentación partidista.
Como alguien consciente de las consecuencias históricas de las distorsiones ideológicas de la teología, abordo este asunto con cautela. Mi padre vivió la Guerra Civil Salvadoreña, y crecí escuchando de primera mano cómo ciertas corrientes de la Teología de la Liberación, entrelazadas con ideología marxista, contribuyeron a una profunda polarización política e inestabilidad en esa región, junto con otros factores complejos. No ignoro cómo el lenguaje teológico puede fusionarse con marcos políticos de maneras que producen consecuencias no intencionadas y, en ocasiones, desastrosas.
Esto no significa que las preocupaciones por la justicia sean ilegítimas. La Escritura llama claramente a la compasión hacia los vulnerables. Sin embargo, cuando los textos bíblicos se utilizan para promover construcciones ideológicas contemporáneas sin atender a su contexto, la teología se convierte en vehículo de sentimiento político en lugar de verdad pactal.
Una Perspectiva Latina sobre Contexto y Compasión
Escribo como inmigrante que llegó a los Estados Unidos a los cuatro años, que ama profundamente este país y que agradece la oportunidad de ser ciudadano. No cambiaría ese privilegio por nada. Me sostengo sobre los principios histórico-judeocristianos que moldearon la visión moral de esta nación.
Por mi trasfondo, no hablo sobre inmigración desde la distancia o la indiferencia. He ministrado a familias inmigrantes. He visto sus temores, sus esperanzas y sus luchas. Entiendo lo que significa navegar identidad, legalidad y pertenencia. Sin embargo, precisamente porque poseo este conocimiento de primera mano, me resisto a reducir la Escritura a un eslogan o a un recurso emocional moldeado por narrativas mediáticas.
El Buen Samaritano llama a los creyentes a un amor radical hacia el prójimo. No funciona como texto de prueba para una política migratoria específica. Tampoco autoriza reinterpretaciones teológicas basadas en ansiedades políticas contemporáneas. La ética bíblica requiere tanto misericordia como verdad. La integridad de la Palabra no debe sacrificarse en la búsqueda de impacto retórico.
Conclusión
El Buen Samaritano continúa desafiando a cada generación. Su autoridad perdurable, sin embargo, depende de la fidelidad contextual. El samaritano fue una figura inserta en la historia pactal de Israel, no un sustituto para categorías políticas modernas.
Como inmigrante latino, ciudadano estadounidense agradecido y ministro por casi dos décadas, escribo no para disminuir la compasión, sino para defender la integridad de la Escritura. Podemos y debemos mostrar misericordia a través de líneas étnicas, sociales y nacionales. Sin embargo, también debemos negarnos a mezclar la revelación bíblica con marcos ideológicos que distorsionan su significado.
La interpretación cristiana debe proceder, por tanto, con humildad, rigor y moderación. El mandato de Jesús permanece claro: “Ve y haz tú lo mismo.” Ese mandato llama a una misericordia fundamentada en la verdad, a una compasión anclada en el contexto y a una aplicación moldeada por exégesis fiel en lugar de sustituciones emocionales.
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